Caminé sobre la arena blanca hacia el centro de la isla, donde la solitaria piedra imprimía la certeza de vigilarlo todo y sonreír... La distancia para llegar nadando hasta la isla había sido agotadora, y a causa de ello, caí de rodillas cuando me venció el cansancio. Al intentar ponerme de pie oí una voz estruendosa que me hablaba:
— Hola. — Con un gran esfuerzo levanté mi cabeza y miré hacia arriba; luego, grité una pregunta al pétreo ser que me saludaba:
— ¿Qué haces aquí? — Y la roca contestó:
— Te estoy esperando, bienvenido. — Su superficie estaba perlada de gotas de rocío que brillaban al sol y se condensaban en un cuenco natural. ¡Por fin, agua para beber! ¡Mucha agua!
— ¿Eres un dios? — Quise saber, y el guardia de piedra guiñó y me respondió en tono compasivo:
— Soy un dios no vivo y no creador. Puedes rendirme culto si lo deseas, así tal vez te sientas mejor y descanses. — Entonces, decidí que la piedra vigilante debía estar en lo correcto y le dije de buena gana:
— Claro, mientras yo viva aquí, perdido en el océano, y quizás también después, cuando me encuentré lejos de este laberinto, tú serás uno de mis dioses favoritos.




